Ángel de la Guarda. Capítulo II

Para mi suerte, mi mente se distrae con facilidad. Para mi mala suerte, también se aburre con facilidad si se trata de esperar. Esta es una de las ocasiones donde te das cuenta que revisas muy seguido el teléfono para consultar la hora, revisar Facebook o Twitter y hasta el correo electrónico… aunque no tengás notificación alguna. Siempre me digo a mi mismo que debo descargar algún buen juego para el celular o por lo menos alguno entretenido, pero nunca lo termino haciendo. Qué pereza.

Después de unos quince minutos —según mi reloj biológico—, comienzan a salir las parejas de compañeros. Dos parejas para ser exactos. Los observo e inconscientemente hago mis predicciones sobre cómo les fue en el parcial; al mismo tiempo, en otro rincón de mi cabeza, comienza a formarse el presentimiento que pequeñas pláticas incómodas se aproximan. Preparo entones la respuesta adecuada a la pregunta que sé que me harán, de tal forma, que no les dé mucho espacio de extender la conversación.

No es que sea —del todo— antisocial. Pero sé cómo es la gente. Sé que si les digo que el examen estaba fácil, me tildarán de arrogante y/o de facilitador de buenas notas, en otras palabras, me buscarán por el resto del ciclo para pedirme copia, trabajar en “equipo” y hacer todo juntos. Esto, yo lo traduzco a regalarles las notas y amargarme (¿más?) en el proceso. ¿Arrogante? Un poco.

Se acerca la primera pareja. Decido ser yo el que inicie la conversación para ocultar lo antisocial. “¿Que tal? ¿Cómo les fue?”

“Pues más o menos,” me responde el compañero cuyo nombre tal vez —y solo tal vez— haya memorizado para el final del curso. Por el otro lado, la compañera, de quien también espero memorizar el nombre más adelante, mueve la cabeza de lado a lado con una sonrisa de auto-decepción. Le sonrío de vuelta y me enfoco de nuevo en el compañero. “¿Y a vos, cómo te fue? Saliste bien rápido.” Me mira fijamente mientras espera mi respuesta, mi gran mentira, mi gran acto para hacerles esfumar y perder el interés en mí.

“Mal, vos. Bien perdido. La verdad es que anoche quería estudiar pero me quedé dormido. Incluso hoy me retrasé porque ni puse la alarma.”

“¡Ah! Hijole…” Me dice la chica que a pesar de mi acto de perfecto haragán me mira de esa forma que conozco perfectamente.

“Lo hubieras diferido mejor.” Me dice el compañero. Desde un rincón de mi ojo y en segundo plano, puedo ver que más compañeros van saliendo del salón. No hay señales de Carlos aun.

“Sí. Esto estaba pensando cuando desperté. Pero me dijeron que lo estaban haciendo en pare—”

“Lo malo son los quince dólares que tenés que pagar, ¿Va’?” Me interrumpe mientras cae fichado en mi estereotipo de típico chero que necesita ser escuchado. Y ahora que lo pienso, es uno de los que siempre quiere participar en clase.

“Sí. Eso también.” Respondo cortante mientras presiono mis labios en una falsa consternación. Finalmente —al fin—, llega ese silencio incómodo. Se despiden y se van, no sin antes darle una nueva sonrisa a la chica. Una mirada fija que la pone un poco nerviosa y la obliga a despedirse nuevamente.

Reviso mi teléfono. Otros dos compañeros les preguntan sobre mí a los que se acaban de ir. Alcanzo a escuchar lo mal que supuestamente me fue. Misión cumplida.

Mi plan no es del todo perfecto. Hay dos o tres compañeros con los que cursé Programación I el ciclo pasado y que saben lo bueno que soy debido a que mi experiencia laboral.

Después de un rato más, Carlos y su pareja de examen finalmente salen. No está tan mal la chera, pero se ve que es de las que buscan a los más vivos para los exámenes y tareas. No me molestaría ayudarle. Si mal no recuerdo, se llama Alicia. Se despide de Carlos. Mis ojos siguen en ella hasta que Carlos me habla.

“¿Que pasó pues? Alcanzaste a venir.” A Carlos le he ayudado en varias materias desde que entramos a la universidad. El trato nunca hablado pero sí pactado es que él me avisa de tareas y demás y yo le ayudo en las mismas. Y es que tengo cierto problema de asistencia a clases. De nuevo, un poco de mi arrogancia. Además, este es mi segundo intento en la universidad por lo que muchas de estas materias, las esto cursando por segunda vez. La primera vez que entré a la universidad, llegué a media carrera cuando pasó… bueno… lo que pasó.

“Si vos. Me dormí anoche y ni cansado que andaba ni nada. No escuché la bendita alarma pero sí tu mensaje.” Sonrío.

“Jajaja. Y ¿Cómo te fue? ¿Mamado?”

“Sí, vos. Solo espero que no se clave con los conceptos teóricos,” y es que siempre he creído que los conceptos teóricos, lo fácil de memorizar, es la oportunidad que el ingeniero —los catedráticos en general— dan para que los estudiantes salgan más o menos bien… aunque sea en una parte del examen ya que en lo práctico todos salen mal. “Y que ondas… ¿Ya comiste? ¿Tenés hambre?”

“Bien que sí. Comamos algo.”

Me levanto y nos dirigimos al Subway al lado de la universidad. Un buen sandwich de huevo con tocino en pan italianísimo y un café es justo lo que necesito. Estar esperando me dio sueño. Carlos ordena un sandwich de atún de una forma tan pero tan meticulosa. Pide ciertos ingredientes y excluye otros, diciendo un poco más de esto y poquito de lo otro. Solo le falta pedir que cuenten los granos de sal. Lo miro con mi cara de aburrimiento. Pagamos y nos sentamos a comer. Platicando un poco más sobre el examen y luego tonteras en general.

Le llevo ocho años de edad. Yo con veintisiete y él con diecinueve. A pesar de ser un tanto maduro para su edad, le falta mucho por vivir. Por milésimas de segundo y de vez en cuando, siento esa sensación de “el hermano que nunca tuve” —literalmente pues soy hijo único—, pero de nuevo, solo es por milésimas de segundo. Ahora en día soy así. Cerrado. Me he vuelto así.

Al terminar la comida le pregunto si quiere que lo lleve a su casa. En el fondo, espero que no pues es algo lejos y no tengo ánimos de manejar mucho ni de gastar gasolina. Me dice que va para Metrocentro y que en cualquier lugar cercano está bien. Sonrío y le digo que lo llevaré hasta ahí.

Llegamos al carro, lo enciendo y va terminando Persiana Americana de Soda Stereo. Odio la radio, por eso siempre llevo conmigo una memoria USB con música. El calor de domingo apremia encender el aire acondicionado. En casi siete minutos hago los dos kilómetros de recorrido entre la Universidad Francisco Gavidia y Metrocentro. Carlos se despide de palmada y puño y se baja en la entrada del reloj. Continúo sobre el bulevar Los Héroes y luego hago un par de giros a la derecha. Estoy sobre la calle que intersecta la Alameda Juan Pablo II en esa intersección es donde, al menos así lo entiendo, el SITRAMSS dará vuelta en U para hacer su retorno. En esa misma intersección, con el semáforo donde me robaron el único iPhone que he tenido en mi vida. En esa maldita intersección —que tantos meses temía cruzar— es donde pasó lo que pasó. Lo que me niego a llamarle accidente o cualquier otro nombre que le quieran dar. Y aquí estoy. El semáforo en rojo. Igual que la vez que me robaron el teléfono.

Me parece gracioso cómo la gente luego te recomienda llevar los vidrios cerrados, como si se va a dar la mismísima situación dos veces o como si eso pusiera evitar que me robaran lo que ya me robaron. De todos modos, ahora, por el aire acondicionado, los llevo cerrados.

No conozco la canción que suena pero me gusta con escucharla por primera vez. Miro fijamente el autoestéreo y espero a que me dé información. Artista: Obviamente es James Blunt. Album: Obviamente es el nuevo disco que descargué hace poco —Moon Landing (Apollo Edition)—. La canción que estoy oyendo nueva en esta versión del álbum, no venía en la edición normal. Dos pitidos despegan mis ojos del autoestéreo y también me asustan un poco. En el retrovisor, una fila de tres carros y sobre mí, el semáforo ahora en verde. Pongo en marcha el Geo y me frustro por no alcanzar a leer el nombre completo de la canción. Solo alcanzo a leer “…Love Again”.

A penas inicio la marcha y escucho una secuencia muy familiar que aun después de cinco años, me quita el sueño: Las bocinas escandalosas de un bus. El sonido de las llantas luchando por detenerlo. Un silencio muy breve, engañosamente pacífico. Finalmente, el impacto sobre el carro que conduzco.

Oscuridad.

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