Préstame

Préstame el suéter con el que te cubres
cuando la fría soledad te abraza.
Préstame, otra vez, esa sonrisa,
aquella que usas en tus días tristes.
Préstame esa piel tan fuerte que vistes
y que tanto aguanta, día tras día.
Préstame tu peine para peinarme
y desenredarme el alma esta noche.

Dame de esa agua que sana heridas,
voy a tomar un poco y guardar el resto.
Dame un poco de esa paz, quiero calmar
a este inquieto corazón que llevo.
Y es que el corto tiempo fue tan largo hoy,
para poder ordenar las cosas en mi cabeza.
Por eso te pido tantas cosas esta noche
quiero arreglarme pues ya viene el mañana.

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Me diste vida

Me diste vida cuando te conocí.
Desearía mostrarte lo perplejo
y lo emocionado que me sentía
por este camino que, ese día,
recibimos.

Me cautivaste y tallé ese momento
donde otros recuerdos se han juntado,
aquí en mi corazón, donde no llega
mi mala memoria que tanto odias,
ahora.

Me hiciste dudar de mí mismo a veces;
si lo estaba haciendo bien o mal con vos.
Y aunque por orgullo, no te lo dije,
muchas veces, yo aprendí a tropiezos,
junto a vos.

Me seguís llenando de vida a diario.
Y a diario, sigo buscando un lugar
para todas tus cosas, en mi cabeza.
Y aunque no te vea a diario, hijo,
cada día me dices, “Lo hiciste bien”.

Una vez más, le rompió el corazón

Le quedó claro en ese momento
que, una vez más, le rompió el corazón.
Tenía que alejarse lo suficiente
para que esa fuera la última vez.

Cruzó todo salón a toda prisa,
parecía saber a dónde iba.
La verdad es que estaba perdida,
pero sabía dónde no quería estar.

Cruzó la ciudad en plena soledad.
Y así como la noche despejaba,
de transeúntes, las calles, ella deseaba
ordenar sus dispersos pensamientos.

Y así como él cruzó tantas líneas,
ella siguió: sin ver hacia adelante.
Borrándose en las calles y tratando
de borrar lo que hoy es un recuerdo.

Quería escribir una historia feliz.
Comenzó a sondear, buscando inspiración,
y encontró recuerdos, aventuras diarias,
largas pláticas, cálidos silencios.

No quería escribir nuevamente de amor.
Pero solo podía visualizar
un par de ojos cafés, colgando sobre
un par de labios que le saben a miel.

Tal vez si escribiera sobre algo más,
algo externo, ajeno a ellos…
No salió nada del lápiz y el papel,
mientras que, de su boca, sí escaparon…
suspiros. Los de un enamorado.

Aquella, mi luna

El sol se ocultó de una vez por todas,

permitiéndome así, comenzar de nuevo

con mi nueva rutina, la que termina

cuando este regresa, y aclara todo.

Comienzo por lo obvio, mirando el cielo,

usualmente, nublado por completo.
Y, cuando la lluvia me permite ver,

solo encuentro estrellas a lo lejos.

Entonces me voy, descalzo, hacia a el mar
con la esperanza de ahí encontrar

su rizado reflejo, o al menos

sentir su gentil fuerza en las olas.

Después de fracasar, comienzo a vagar

por cada calle, temiendo lo peor:

Que aquella luna, mi hermosa luna,

ahora brille para alguien más.