En un café repleto,
sentado, con una taza en mano
y música en sus audífonos,
la vio entrar.
Primero de reojo y después bien.
Creía conocerla pero a la vez no.
Le rodearon momentos de su niñez,
de su adolescencia y otros más cercanos;
pero nada en concreto.
¿Quizá era amiga de sus padres?
Y es que tenía esa sensación.
Esa cuando te obligan a conocer,
—o peor aún—
a saludar a alguien que no conoces
y que olvidas inmediatamente.
Ella le atrapó la mirada con la suya,
le asintió y le sonrió.
Él atrapó la sonrisa con la suya,
pero disintió con la mirada
porque ella comenzó a caminar hacia él.
Él, inútilmente, se apresuró a recordar.
Trató de nombrar ese rostro,
de ubicarlo en algún lugar o entre los años.
Ella ya estaba cerca;
venía con mucha calma y elegancia.
Se sentó en la silla junto a él.
Tomó el menú y lo estudió, despacio.
Él tomó un sorbo más de café y dijo:
Hola, Madurez. ¿Cómo has estado?

