Ángel de la Guarda. Capítulo III

Estoy esperando a Karen sentado bajo el sol de una buena mañana de sábado. Ella insistió en que no era necesario irla a recoger a la universidad porque vendría con sus compañeros. De todos modos, son solo tres kilómetros de la Universidad de El Salvador hasta Metrocentro; unas tres o cuatro paradas en microbús.

Veo la pantalla de mi teléfono, mi iPhone 3 que conseguí usado y cumpliendo la regla de las tres B: Bueno, Bonito y Barato. Diez de la mañana con cuarenta y ocho minutos. Sábado diez de julio de dos mil diez. Lo desbloqueo para cambiar la canción pues en estos momentos no me siento con ánimos de escuchar a Korn. Presiono un par de veces la pequeña flecha de Siguiente. Creo que todos tenemos esas canciones que nunca escuchamos pero que tampoco borramos del teléfono. Al fin encuentro algo pasable, algo más tranquilo para la pequeña espera que estoy haciendo; Crema de Estrellas de Soda Stereo.

Karen dijo que su reunión terminaría a las diez y media, por lo que debería llegar en cualquier momento. Para mientras, me distraigo viendo a las personas alrededor. Es sábado, la mayoría de estas personas vienen a realizar los mandados que no pueden realizar entre semana. Unas cuantas familias a pasar el rato. Uno que otro bicho esperando su novia —igual que yo— y otros que quizá solo tienen que pasar por acá para abordar otro bus.

Desde la esquinita más pequeña del ojo, veo su silueta, esa figura que reconocería a más de mil kilómetros de distancia. Me quito los audífonos y al verle verme, sonrío. Ella también sonríe. Mi respiración y corazón se detienen por un muy largo segundo. Doy un par de pasos para encontrarla.

“¿De qué te reís, vos?” Pregunta, aun sonriendo. Ella sabe la respuesta a esa pregunta. Sonrío aún más, no lo puedo controlar. Podría recitar las decenas de poemas —cursis— que le he escrito y las miles de frases que he pensado pero aún así no sería suficiente. Solo puedo resumirlo a que la amo y sonrío porque me alegro de verle.

“De nada.” Le digo mientras acaricio su rostro con mis ojos, contemplándole.

Un beso de piquito. Luego mi mano busca y encuentra la de ella. Caminamos mientras me cuenta cómo le fue en la reunión y cuán tontos y haraganes pueden ser sus compañeros. “Tercer año de veterinaria y siguen siendo los mismos haraganes del curso preuniversitario.”

La gran historia de cómo nos conocimos comenzó cuando me fui a vivir donde mi papá, a Maryland. Soy hijo único y la vida no quizo que llegara a conocer viva a mi madre. A mis cinco años, y por esas cosas de la vida, mi papá consideró que nuestra mejor opción era que él se fuera a trabajar a Estados Unidos y que yo me quedara viviendo con mi tía. Él se volvió a casar; pero para su mala suerte, no pudo tener más hijos. En ningún momento le reprocharía algo a mi padre. Respeto sus decisiones y le agradezco que de una forma u otra cuidó de mí e hizo lo mejor que pudo por mí.

Me vino a visitar para mi graduación de noveno grado, me invitó y convenció de ir a hacer el bachillerato —high school— allá. Todo resultaría fácil pues él ya estaba de forma legal en el país y yo, por ser menor de edad, estaba a punto de obtener mi residencia también.

Cursé el noveno, décimo y décimo primer año en la high school pero no quise hacer el último. Estaba aburrido y extrañaba mi país. Regresé y, después de un proceso algo engorroso, logré transformar mis estudios de allá por el bachillerato de acá. Por sugerencia de un amigo, me hice una prueba de aptitudes que me guió a estudiar ingeniería en computación. Por su fama —que ahora en día considero está de más—, busqué estudiar en la Universidad de El Salvador.

En aquel entonces, cuando fui a pedir la solicitud de nuevo ingreso a la universidad, no tenía carro aun por lo que me tocó ir en bus —microbús—. En Metrocentro abordé una coaster de la ruta cuarenta y cuatro que, para variar, iba reventadísima de gente; tan lleno que yo iba prácticamente colgado en la puerta trasera. El microbús estaba por arrancar cuando desde esa misma esquina de mi ojo, la más pequeñita, vi a una chera que venía casi corriendo. Ahora que lo pienso, quizá es por esto que le tengo cierto aprecio a este centro comercial. Tantas cosas han pasado acá.

Quedé idiotizado.

Este cerebro, del cuál siempre me jacto, dejó de funcionar por completo, engranaje a engranaje. Cada vez que recuerdo ese momento, me imagino a mí mismo con la boca, al menos, semi abierta y mis ojos dispuestos a seguir a esta chica hasta ya no poder. Todo el ruido del pesado tráfico desapareció pitido a pitido y motor a motor. De repente, no había nadie más alrededor hasta que alguien de adentro del microbús gritó “¡’visa que corren!” y alguien más gritó “Dale vos, que ya no caben.” El cobrador, que iba en la puerta delantera, caminó hacia atrás y nos pidió a los que ya estábamos dentro del microbús que nos topáramos más para darle espacio. Ella le agradeció con una sonrisa mientras se subía. Quedó frente a una estatua muy parecida a mi. El microbús arrancó mientras el cobrador regresaba a la puerta delantera.

En la high school —la adolescencia más bien—, desarrollé muchas técnicas de conquista. No es que fuera el gran don juan, pero tenía mis trucos. A pesar de esto, ahí estaba yo: totalmente en blanco e incapaz de ejecutar una maniobra ¡Cualquiera! y peor aun, en el escenario menos romántico del mundo y el menos propicio para estas situaciones. Mi mente solo podía realizar una funcionen ese momento: tratar de procesar el rostro perfecto frente a mi. Como si hubiera sido tallado a mano y con el mayor de los detalles, cuidados y delicadezas. Ella me sacó de mi trance, matándome cruelmente con una sonrisa. No recuerdo haber reaccionado, pero un tiempo después, ella me contó que le devolví la sonrisa. ¡Bien hecho, yo del pasado!

Ambos nos bajamos en la parada de la universidad. Me daba miedo que pensara que la estaba siguiendo o que le quería robar o algo por el estilo. Por ello, aceleré el paso y entré antes que ella a la universidad. Si tan solo conociera al menos un poquito las instalaciones de la universidad, esto hubiera tenido otro final… pero no. Era prácticamente mi primera vez dentro de la UES. Lo único que podía reconocer era la eterna y célebre estatua de Minerva. Me quedé parado unos momentos mientras mis ojos buscaban con un poco de desesperación algún rótulo que me pudiera guiar. Un ordenanza. Me acerqué y le pedí ayuda sobre dónde estaban las oficinas de nuevo ingreso. Una vez más, en mi vista panorámica, la chica. Se detuvo a mi lado y al terminar de recibir indicaciones por parte del ordenanza, me dijo que ella también se dirigía a nuevo ingreso y que, si quería, fuéramos juntos.

En inglés existe la palabra timing. Un diccionario inglés-español la traduce como sincronización, cronometraje o ritmo. Pero ninguna expresa mi definición. La definición que el universo, Dios o quien sea le dio a través de mi vida ya que elaboró milimétricamente el plan para que pudiera conocer a Karen y para que ahora en día estemos juntos, aquí en el centro comercial donde la conocí hace tres años ya, mientras nos subíamos a un microbús de la ruta cuarenta y cuatro.

Llegamos a la parte del parqueo donde dejé mi Geo Metro. Ella sigue contándome sobre sus tontos compañeros de universidad. Yo la escucho atentamente y siento empatía. Yo también odio trabajar en equipo.

Nos subimos al carro. Saco mi teléfono del bolsillo, desconecto los audífonos y en lugar de ellos, le conecto el cable que va hacia el autoestéreo. No me fijo en la canción. En estos momentos, cualquier cosa está bien.

Salimos del centro comercial y nos dirigimos hacia su casa. De nuevo estamos bajo el sol de una hermosa mañana de sábado. Llegamos hasta un semáforo en rojo y aprovecho para decirle que la amo.

“¿Cuánto?” Pregunta ella con una sonrisa retante.

“Desde aquí…” Le contesto nada más y recibo la expresión de confusión que esperaba. Esperaría un par de días y cuando ya ni se acordara, le diría “…Hasta aquí”. La luz del semáforo cambia a verde. Pongo al Geo en marcha y a mi derecha veo a dos buses que vienen a toda velocidad; de seguro, compitiendo entre sí. No alcanzaron a cruzar su semáforo en verde. Tampoco en amarillo.

Es muy tarde.

Escucho las bocinas escandalosas de ambos buses, el sonido de las llantas desgarrándose la piel con tal de detener a cada bus. Luego un silencio muy breve. Finalmente, el impacto sobre el carro que conduzco con mi novia.

Oscuridad.

« Capítulo II | Capítulo IV »

Anuncios

2 comentarios sobre “Ángel de la Guarda. Capítulo III

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s