Un abrazo y un beso

Una irrompible fortaleza la rodeaba, él la abrazaba tímidamente.
Ella no solo lo abrazaba a él, también al recuerdo de lo que una vez fue amor.

No sabía si los quería dejar ir.
Se sentía segura ahí.

Él miraba a todos lados, sin saber qué buscaba. Percibió su aroma favorito y con la punta de los dedos comenzó a acariciar el suave cabello que lo emanaba. Si ese olor pudiera durar para siempre, si todas y cada una de las cosas en la vida olieran así o si al menos… si al menos esta no fuera la última vez que fuera a absorber esta fragancia, sus ojos no estarían tan perdidos. No estarían perdidos pues estarían clavados en ella.

Ella miraba el gris abrigo donde tenía enterrada la mejilla. El abrigo que alguna vez le dio para que lo calentara durante esas noches frías. Ahora espera que lo caliente durante estas frías noches. Se sentía tan suave bajo sus manos y bajo su mejilla. Pero no era el abrigo, sino la persona que lo vestía. La persona que le dio calor a ella y no solo en las noches y tardes frías, sino desde el primer momento. La persona que le logró cosechar de su boca tantas sonrisas; y de sus ojos, tantas lágrimas de amor. Y recientemente, algunas de desamor.

¿Recientemente, desde cuándo?  No importaba. Ninguna de esas preguntas flotando a su alrededor —alrededor de los dos— importaba ya. Tal vez solo una; pero por más que luchara por escapar del corazón de alguno de los dos, el gigantesco nudo en sus gargantas no la dejaba salir.

El abrazo se había ido, ninguno supo quién lo terminó. Sentían como si hubieran estado en un sueño —uno hermoso— y despertaron frente al otro. Se sentían como dos desconocidos viéndose, dispuestos a irse por sus respectivos y recién formados caminos; descifrar estos caminos, tratar de encontrarles sentido o por lo menos tratar de encontrarle sentido a seguir caminando.

¿Quién daría el primer paso? ¿Quién sería lo suficientemente fuerte para desanclar la mirada del otro? Es tan difícil cuando las ventanas del alma están abiertas de par en par. Y es más difícil aún cuando, a pesar de ser incapaz de articular palabras, el corazón encuentra la manera de gritar.

El vaho entre sus bocas abrió paso.
Se besaron.

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