Ángel de la Guarda. Capítulo VIII

Despierto y estiro los brazos, las piernas y, de una mueca, el rostro. El hombro me duele un poco. Son las ocho de la mañana.

Hora de irme a casa.

A todo esto, ni me había puesto a pensar en mi carro. Supongo que tendré que hacer centenas de trámites engorrosos en la PNC para recuperarlo, si es que quedó algo de él.

Me dirijo al baño. Recuerdo haber ido a orinar por la noche pero no recuerdo haber visto al ángel. ¿Lo habré imaginado todo? Salgo del baño y el doctor Contreras entra a la habitación. Preparo mi sonrisa falsa para la conversación que trae consigo.

Prácticamente me dice lo que ya me había dicho antes: que ya me puedo ir pero me puedo quedar más tiempo si quiero, que el dolor persistirá por tantos días, que me puede extender una incapacidad hasta por tres semanas si la necesito en el trabajo, que en la farmacia del hospital me darán todas las medicinas y que regresaré a una consulta de seguimiento. Aprovecho y le pregunto si por casualidad sabe qué pasó con mi carro. Me dice que averigüe con la policía.

Hago mi mejor esfuerzo por parecer agradecido y me despido del doctor. Él se retira y se lleva consigo esa alegría que me parece un tanto perturbadora —y para nada natural—. Procedo entonces a vestirme y preparar mis cosas ¿Y el ángel?

Estoy casi listo para irme. Llega una enfermera. Ya la había visto, creo que me sirvió el desayuno ayer. Me pregunta si alguien me vendrá a recoger, a lo que le contesto que no. Le pregunto qué debo hacer ahora y me indica que debo pasar firmando unos papeles en el escritorio de afuera. Le agradezco, me dice que espera haya sido bien atendido. Se retira. Por un momento me siento como en un hotel.

Doy un último vistazo en toda la habitación para asegurarme de no dejar nada, doy media vuelta y veo al ángel en la puerta. “Me preguntaba a dónde estabas.”

“Aquí,” sonríe y luego me contesta la pregunta en mi cabeza, “No sé. Te quería dar privacidad quizá. Además, ayer andabas algo sensible y preferí esperar a que el dormir te lo quitara.”

“¿Nos vamos?” Sonrío al caminar a través de él. Firmo los papeles del alta y del seguro médico que ya me esperaban sobre el escritorio de las enfermeras. Momentos después, estoy recogiendo analgésicos en la farmacia del hospital y un poco después, quedo en libertad.

No he dado ni tres pasos afuera del hospital y ya tengo a un taxista ofreciéndome sus servicios. Le pregunto que por cuánto me lleva a la Colonia San Julián. Me dice que quince dólares, a lo que, con una pequeña carcajada, le indico que está loco y sigo caminando. “¿Qué tanto sabés del futuro… de mi futuro?”

“Hay muchas cosas que sé sobre el futuro, y otras que no—” me contesta el ángel. Se toma un par de segundos y continúa, “No sé exactamente cuándo vas a morir. Conozco la fecha estipulada, pero hay tantos eventos, previos a esa fecha, cuyo desenlace es desconocido. Son tan variables. Imaginátelas como cajas de sorpresas. Así como los podés sobrevivir, podés no hacerlo pues dependen de tantos factores. El universo está total y absolutamente conectado en cada uno de sus elementos y pues, no todo gira a tu alrededor. Caminar hasta la esquina para que tomés el taxi, no es uno de esos peligros. Tampoco el taxista representa peligro alguno… a menos que choquen,” el ángel me sonríe. Levemente, sonrío de vuelta. Llego hasta la esquina del hospital y pasan frente a mí todo tipo de carros, menos taxis. “Espérate, ya viene. A tres cuadras está. Es un señor de bigote.”

Extiendo mi brazo y el dolor en mi hombro me recuerda que aún me acompaña. El taxista baja el vidrio del pasajero y me saluda mientras me inclino para poderle ver. Quizá se extraña de mi instantánea sonrisa y me devuelve una, debajo de su bigote que me hace sonreír más. Le pregunto que cuánto me cobra por llevarme a mi destino. Siete dólares. Podría regatearle pero prefiero no hacerlo. Abro la puerta del pasajero y  me acomodo. No sé por qué nunca me ha gustado ir atrás al viajar en taxi, quizá en cierta forma lo veo como menospreciar al conductor. El ángel se sienta atrás. Lo noto juguetón. Dirige su mirada hacia ambos lados mientras avanzamos, maravillado de lo que ve. Sonriendo de vez en cuando. ¿Sabrá que lo estoy observando?

El taxista, como era de esperarse, desea charlar sobre todo y nada a la vez. El clima, los hoyos en las calles, qué estaba haciendo en el hospital, la delincuencia, el gobierno, el precio de la gasolina y muchas otras cosas más.

Finalmente llegamos a mi casa. Me siento hambriento de repente. Le pago al taxista y nos agradecemos mutuamente. Se aleja mientras entro a la casa. Pongo a cargar mi teléfono y enciendo mi computadora portátil. Espero encontrar en internet algún número donde pueda llamar y pedir información de mi carro. El sitio de la Policía Nacional Civil entra, a partir de este momento, en mi top diez de los peores sitios web del gobierno. El de Correos de El Salvador se sigue manteniendo en primer lugar. Tengo que descargar un archivo en PDF para tratar de encontrar el número de teléfono que busco.

Un par de minutos después, un muy amable agente me indica el procedimiento para ir a recoger el carro. Me dice que no tiene informe del estado del vehículo y que hasta que lo recoja, sabré cómo está.

“No tiene la gran cosa,” Me dice el ángel tan pronto como cuelgo el teléfono. “La puerta sí quedó destrozada. Vas a gastar también en la dirección, una llanta nueva definitivamente y un par repuestos pequeños más.”

“¿Y elegiste este momento para decirme?” Le pregunto mientras camino hacia la cocina, el hambre está creciendo.

“Pues… sí. De todas formas, tenías que averiguar el proceso para recuperarlo.”

Mi desayuno está formado por un par de huevos picados, frijoles, queso, crema y pan de caja. El ángel me acompaña en la mesa mientras como.

Me ve comer.

Quisiera preguntarle muchas cosas, tanto del futuro como del pasado. Tengo recuerdos que no sé si son reales. Uno va olvidando poco a poco con el tiempo. A veces, mezclamos recuerdos con ideas e incluso con sueños que hemos tenido también. Y estas aleaciones o combinaciones se terminan convirtiendo en nuevos recuerdos. No, quiero preguntarle más del pasado. Quiero recordar más. Más y mejor. El porvenir dejó de preocuparme hace un buen tiempo. Me interesa más el presente y el pasado.

¿Qué quisieras recordar? Escucho en mi cabeza. Me lo ha preguntado Ángel, el ángel. El ángel de la guarda que decidió revelarse ante mí. Y también, ¿Por qué quisieras recordar?

« Capítulo VII  | Capítulo IX »

Anuncios

2 comentarios sobre “Ángel de la Guarda. Capítulo VIII

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s