Ángel de la Guarda. Capítulo V

La voz de una enfermera me regresa de poco en poco a la realidad; como cuando estás totalmente sumergido en una piscina y salís a la superficie. Todas esas reverberaciones acuáticas quedan ahogadas en los sonidos de la superficie. Todos esos sonidos de los sueños quedan cortados en algún lugar de nuestra cabeza, hermetizados en el subconsciente y enterrados bajo los sonidos de la realidad. Siendo mi realidad, la hora de las medicinas.

Dos pastillas y un vasito con agua. Con una gran mueca en mi rostro, me trago las pastillas y le digo a la enfermera que le agradecería si me llenara nuevamente el vaso con agua. Me tomo el segundo vaso con agua y la enfermera, quizá al ver mi rostro, me ofrece un tercer vaso con agua. Mientras lo tomo, ella sale de la habitación. El reloj de la pared me indica que son las diez y veinticuatro.

La adicción a las redes sociales me llama y me lleva a buscar mi teléfono en la mesa de la izquierda. El dolor despierta nuevamente en mi hombro y brazo derecho; esta vez, no entra enfermera alguna para asistirme. Paso al plan B, utilizar la mano izquierda. El problema con este plan está en la posición que tendría colocar mi brazo y en lo inútil que sé que soy con esta mano.

Lo dejaste a un lado. No lo volviste a meter.

Giro mi cabeza a la puerta de la habitación pero no veo a nadie. Pasan cuatro o cinco segundos infinitos y yo espero a que aparezca alguien, quien haya dicho eso. Mi mente me dice que alguien me está tomando el pelo. Para este entonces, ya siento a mi propio corazón latiendo con fuerza en mis oídos. Pestañeo varias veces y la pregunta si hay alguien ahí se queda a solo unos centímetros de mis sellados labios.

Reconozco mi propia voz, sé como sueno cuando hablo solo en mi cabeza y este no he sido yo. Pero la voz tenía razón. Recuerdo haberle escrito a mi jefe y a mi papá. Recuerdo que justo en ese momento me trajeron el desayuno y dejé el teléfono a un lado. Me tranquilizo un poco y busco el teléfono a un lado y luego al otro. Lo encuentro bajo la almohada. No responde. Ahora recuerdo que ya casi no tenía carga.

Trato de olvidar el haber escuchado la voz de alguien y busco el control del televisor. Como siempre lo he dicho: trece mil canales y nada qué ver. En serio quisiera tener batería en mi teléfono para al menos escuchar música. Nunca supe el nombre de la canción de James Blunt, la que estaba sonando cuando pasó el accidente… el segundo accidente.

Finalmente dejo un canal de deportes. Resumen de los partidos del fin de semana de la liga española. Siempre he cuestionado el por qué del fanatismo sobre el Real Madrid y el Barcelona. Dos equipos que tienen presupuestos sumamente disparejos en comparación de los demás equipos de la misma liga. Si los que se creen saber de fútbol realmente supieran, fueran fanáticos de otras ligas más parejas y competitivas como la inglesa o la alemana.

Antes jugaba bastante fútbol. No era la gran estrella pero tampoco era malo. Y vaya si me gustaba jugar. Si jugara —si intentara jugar— hoy en día, podría lastimarme seriamente la rodilla y las consecuencias no serían tan bonitas que digamos. Todo a causa del primer accidente. Sin pedirme permiso o al menos avisarme, mi mano derecha comenzó a sobar mi rodilla y mis ojos quedaron perdidos en recuerdos.

“Jonathan.” me dice una voz. Esta vez, sí hay alguien en la puerta de la habitación. No sé quién es pero sé que lo conozco.

“¿Sí?” Pregunto. Mi mente busca vigorosamente el nombre del rostro frente a mí. El hombre, apunto de contestarme, se queda con las palabras en su garganta. Luego las regresa, cierra la boca y fabrica otras. Se tarda bastante. De esos segundos que parecen eternos. Finalmente me pregunta cómo estoy. “Bien. Algo adolorido. Pero en general, bien.” Luego siento como si yo estoy generando esos segundos eternos. Él lo nota.

“Bueno. Me alegra que estés bien,” su uniforme verde me indica que es alguien que trabaja en el hospital. No es el doctor que me atendió hace un par de horas. “Un segundo accidente no es así por así.”

Entonces recuerdo. Recuerdo haber despertado —no sé en qué momento— y haber dicho que tenía frío. Y que luego alguien se burlaba de mí y ese alguien vestía uniforme verde.

“Disculpe,” le digo justo a tiempo para evitar que salga de la habitación. “¿Verdad que usted me atendió cuando vine al hospital? Creo que estaba en una sala de operaciones o algo así.”

“No, Jonathan. Esta vez no te operaron.”

Entro en pánico sin saber por qué. De esas veces que centímetro a centímetro —milímetro a milímetro— la piel se va erizando desde los pies hacia arriba, y la cabeza te da vueltas tan rápido que creés que te estás yendo de lado. Pero tiene razón. Esta vez no me operaron. Me operaron cuando sufrí el primer accidente, el accidente donde falleció Karen. Y la vez que tuve frío al despertar, fue cuando me quitaron el apéndice hace unos siente u ocho años.

Doy un gigantesco trago de saliva que se tarda todo el tiempo del mundo en bajar. Mentalmente sacudo mi cabeza. Mi cerebro encuentra la explicación lógica y formula una pregunta.

“¿Usted me atendió cuando me operaron de apendicitis?” Y me corto, pareciera que todo el hospital se ha callado por completo. Quizá toda la cuadra se ha quedado muda. Quisiera preguntarle también si es así como me conoce —y como yo lo conozco a él— pero la garganta no deja salir ya más aire, mucho menos palabras.

“No, Jonathan. Yo no soy médico pero sí estaba ahí,” su respuesta me calma a medias. Creo que mi rostro lo refleja. Luego, como si leyera la pregunta recién formulada en mi mente, continúa, “Soy tu ángel de la guarda.”

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