Algún otro lugar a donde ir

Esa noche, era la habitación más cálida del hospital; tanto así, que uno juraría ver un resplandor naranja saliendo tímidamente por las ranuras que rodean la puerta.

La mirada de Francisco estaba totalmente perdida a través de la ventana. No había mucho que ver en la Alameda Juan Pablo II a estas horas de la noche y en especial en un domingo; en las afueras del hospital. Cuatro taxistas esperando algún cliente y platicando sobre los partidos del día y sobre el nuevo decremento al precio de la gasolina. Un par de vehículos pasando y que a lo mejor llevan familias provenientes de Metrocentro; asumiendo incluso un poco más, venían de comprar los útiles escolares para los niños del hogar.

Domingo, cuatro de enero de dos mil quince. Recién terminaron las festividades de fin de año, y un nuevo ciclo comienza; un nuevo año lleno de tantas oportunidades, estudio, trabajo, proyectos y metas… todo por delante. Pero no para Katherine.

Katherine despertó por unos instantes, solo lo suficiente para colocar su brazo en una posición menos incómoda pues se le estaba durmiendo, sacar a Francisco de sus pensamientos y brindarle una sonrisa. Luego el pesado sueño causado por los medicamentos devolvieron a Katherine a su siesta. Francisco se levantó de la silla junto a la ventana, dio cuatro pasos y tomó la mano de Katherine. Tan pequeña comparado con la de él. Tan delicada. Tan blanca.

Se quedó con la mirada perdida, profunda y clavada de nuevo en sus pensamientos, en recuerdos, en esperanza, en posibilidades.

Un tiempo después, quizá diez minutos de estar así, sacudió su cabeza y acercó la silla a la cama para esperar a que Katherine despertara nuevamente.

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“Disculpe… Disculpe… ¿Usted trabaja aquí?” — Preguntó el hombre en la cama frente a la de Katherine. Había pasado quizá una hora. Francisco estaba por caer dormido.

“Sí, señor. Pero solo soy de mantenimiento.” — Mintió Francisco. Si no lo hacía, tendría que dar explicaciones sobre qué estaba haciendo ahí, fuera de las horas de visita — “Si necesita algo, puedo llamar a una enfermera.”

“Quería un poco de agua.”

“Ahorita se la conseguimos.” — Francisco salió de la habitación que tenía capacidad para hasta seis personas, pero que esa noche solo tenía a dos pacientes hospedados en ella. Cerró la puerta detrás de él y se dirigió al centro del pasillo donde habían dos enfermeras que recién comenzaban su turno y una que estaba a medio turno.

“Hola… el señor que está ahí con nosotros quiere agua…”

“Ah. Ok. Ya se la llevaré.” — Dijo la enfermera que estaba a medio turno. Su nombre era Sara y sabía por qué Francisco estaba ahí. A esas horas de la noche. Como ella mismo le había comentado a sus compañeras enfermeras: por cuello.

Francisco era muy buen amigo de la directora general actual del hospital, Irma Bonilla. Se conocían desde hace ya muchos años y la muerte de la esposa de Francisco los unió más. Irma trabajaba en maternidad en ese entonces y fue quién recibió a la hija de Francisco, una hora antes que la madre del recién nacido falleciera. Eso había sido hace un poco más de dieciocho años y era por esa amistad que fue creciendo desde entonces que Francisco había sido autorizado para estar ahí con Katherine prácticamente a cualquier hora y durante todo el tiempo que él quisiera.

Francisco se sentía siempre apenado por aprovechar esa oportunidad, en especial cuando recibía malas miradas de los empleados del hospital; pero luego de conocer la situación de Katherine, eran ellos quienes se sentían más apenados. Francisco lo sabía al ver como esas miradas de desprecio se convertían en miradas de empatía; asimismo, sabía que tenía que aprovechar todo el tiempo posible con Katherine.

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Alrededor de las once de la noche, era Katherine quien observaba a Francisco desde su cama. Francisco se había quedado dormido en la silla de visitas y junto a la cama. El otro paciente, cuyo nombre no sabía Katherine pues sus visitas sólo lo trataban por “papá” o “abuelo”, estaba dormido también.

¿Cómo le hacés para esconder el cansancio? — Pensaba Katherine observando cada rincón del rostro de Francisco — ¿O es que lo sepultás debajo de toda esa esperanza constante con la que tratás de animarme a diario? Ambos sabemos que… ya pronto terminará… — Los pensamientos de Katherine fueron interrumpidos por una lágrima que bajó por su mejilla izquierda hasta encontrarse con un abismal nudo en su garganta. Instintivamente lanzó la mirada hacia la ventana, tratando de evitar a Francisco, pero solo logró atraer a otras lágrimas más. Y luego sollozos que despertaron inmediatamente a Francisco.

Él estuvo a punto de preguntarle a Katherine si le dolía algo o si necesitaba más medicamento pero al verla ahí, sentada con sus rodillas flexionadas y con la mirada en la ventana, entendió que nadie, quizá ya ni él mismo, podía quitarle lo que sentía Katherine en ese momento. En lugar de ello, tomó la mano izquierda de Katherine decorada con cintas del hospital y una intravenosa. Katherine, por su parte, limpiaba sus lágrimas con la otra mano.

“¿Ya viste al señor de atrás?” — Preguntó Francisco con una leve sonrisa.

Katherine llevó su vista hasta su compañero de cuarto. Tenía la boca totalmente abierta y un buen poco de saliva salía de ella.

“Con razón pide agua a cada rato” — dijeron ambos en coro y rieron por unos segundos. luego, las lágrimas volvieron al rostro de Katherine.

“No llores… No hay razón para estar triste… Incluso si lo hubiera, siempre hay más razones para estar contento…” — le decía Francisco mientras Katherine solo podía seguirse preguntando que cómo lo hacía. Animarla. Cada día y fertilizando esa sensación dentro de ella, que estaba a punto de explotar. — “Katherine. Poneme atención. Mañana es un gran día. Si la operación sale bien—”

“¿Y si no? ¿Y si todo ha sido en vano?” — preguntó Katherine en voz alta. El otro paciente a punto de despertar.

“Hey. Yo que todo va a salir bien.” — dijo Francisco en un tono de voz bajo, tratando de calmarla.

Katherine se quedó callada por unos instantes. Buscando las palabras adecuadas para expresar todo eso que ella llamaba culpa y que cargaba dentro de sí desde hacía tanto tiempo. Finalmente, miró a Francisco y fue una pregunta lo que salió.

“Papá. ¿No hay algún otro lugar a donde quisieras ir? Donde hubieras querido ir. Cosas que hubieras querido hacer. Abandonaste todo por mí… a todos también.” — Francisco se quedó sin palabras, solo podía escucharla en ese momento — “Todos estos años y para que yo saliera enferma desde el nacimiento. Tantos esfuerzos y sacrificios y a lo mejor en vano…” – El llanto de Katherine se detuvo por completo. A pesar de haber desatado y liberado todo su interior hacia su padre, a este no le cupo ni por un instante haber usado estos dieciocho años en algo más. Hasta cierto punto, le partía el alma la pregunta que le acababa de hacer su hija, quién no solo era lo único que le quedaba de su esposa, sino también todo lo que tenía en la vida, por todo lo que él había trabajado desde incluso antes que ella naciera.

“En ningún otro lugar. No cambiaría ni una sola cosa.”

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