Recuerdo – 10. Un viejo gran amigo

No pudieron acercarse tanto como Carlos hubiera querido. Pues por tratarse de un paciente tan especial, cualquiera podía visitarlo.

  • “¿Quién es…?” – preguntó Diego, quien se arrepintió al obtener como respuesta una mala mirada por parte de Carlos.
  • “Ya te dije, es un viejo amigo…” – le respondió Carlos, luego cambió su mala mirada a una de sarcasmo – “¿Dónde estuviste en los ochentas y noventas?”
  • “Mmm… con usted…” – Diego aún no entendía de quién se trataba – “¿Y por qué no entramos a verlo?”
  • “No podemos. No nos permitirían… además, no lo conozco”
  • “¿No dijo que era un viejo amigo?”
  • “Jajajaja” – Carlos soltó una carcajada – “Sí, desde los años ochenta… él es un músico, uno de mis favoritos… ” – Diego no sabía de quién se trataba.

Después de una hora de contemplar al paciente de la Clínica Alcla, Carlos le dijo a Diego que era hora de irse. Diego preguntó si el paciente se pondría mejor, Carlos sólo le contestó que eso esperaba… y que por ahí le habían dicho el azar, que sólo tenía un por ciento de probabilidad. Diego no comprendió a lo que se refería, pero no quiso preguntar más.

El resto del día siguieron turisteando. Antes de regresar el hotel, alrededor de las siete de la noche, Carlos fue con Diego a la casa de su hermano, sólo para asegurarse que aún recordaba la dirección.

Llegaron y efectivamente, aún recordaba dónde estaba.  El edificio de más de diez pisos, color blanco, era iluminado por cuatro lámparas a cada lado, haciéndolo ver incluso más alto de lo que era. Pasaba algo, había una luz encendida en el apartamento de Ricardo. Carlos le dio un par de billetes de cinco pesos argentinos al taxista, le agradeció y le dijo que se quedara con el cambio. Con Diego caminaron hacia un teléfono público que estaba dos casas abajo. Carlos sacó de su chaqueta una tarjeta para usar el teléfono y llamó a la casa de su hermano. Sonó un par de veces y luego la contestadora con el mismo mensaje que regresaría el martes. Carlos colgó el teléfono público y caminó de nuevo hacia el edificio.

Diego estaba sorprendido de cómo Carlos había identificado el apartamento de su hermano, con tantas ventanas. Carlos le dijo que esperara afuera, en la calle que sólo iría a echar un vistazo. Diego insistió en acompañarlo pero Carlos le dijo que no, que no había nada de qué preocuparse. Diego obedeció entonces y esperó en la calle, en la entrada del edificio.

Carlos subió hasta el piso ocho, y comenzó a caminar hasta el final del largo pasillo hacia el apartamento 8B. En cada piso sólo habían tres apartamentos pues eran grandes. Carlos caminaba despacio hacia la puerta del apartamento, una carpeta roja, casi impecable bajo sus pies y un silencio casi absoluto a su alrededor. Todo le parecía sospechoso.

Entonces pasó un gran susto al pasar al lado de la puerta 8C, alguien la abrió bruscamente y al igual que Carlos, dio un pequeño brinco del susto. Luego vino una carcajada por parte del vecino del hermano de Carlos y ambos se pidieron disculpas.

  • “¿Buscás a alguien? – preguntó el hombre calvo con bigote canoso.
  • “Sí. Vengo al apartamento 8B, a visitar a un viejo amigo. Enrique Pleitez” – respondió Carlos.
  • “Ah, ya veo. Bueno, tengo varios días sin verlo. Creo que está fuera de la ciudad”
  • “Sí, así me dijo, sólo quería venir a ver si ya había regresado”
  • “No creo. Creo que lo hubiera visto si ya hubiese regresado. Pero andá ve por si acaso”
  • “Eso haré, muchas gracias” – Dijo Carlos mientras el vecino cerraba la puerta y caminaba hacia las escaleras. Carlos se preguntó por qué no tomó el elevador.

Siguió caminando hacia el final del pasillo. Sonriendo por lo nervioso que andaba, quizá innecesariamente. Llegó a la puerta 8B y tocó tres veces. Luego de un momento, otras tres veces y luego cuatro veces más. Echó un vistazo hacia atrás, al pasillo. No había nadie. Dio un paso hacia atrás y vio luz por debajo de la puerta. Pensó de nuevo que algo andaba mal. Intentó girar la perilla dorada de la puerta. Estaba con llave.

Metió su mano derecha en su bolsillo delantero del pantalón y sacó la misma tarjeta de teléfono que había usado hace unos momentos. Trató un dos o tres de veces de abrir sin éxito, pero luego escuchó cómo abría la cerradura de la puerta, un sonido de victoria. Aún sin empujar la puerta, guardó la tarjeta en su bolsillo de nuevo. Y comenzó a empujar la puerta lentamente para no hacer mucho ruido. Entonces se detuvo cuando escuchó una voz atrás de él… “Pará allí”

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