El Encuentro – 6: Descargas y Fantasías

Luis Guzmán.
Licenciado en Sicología.

A Luis no le había gustado nunca el rótulo fuera de su casa, su clínica también. Era de un color azul metálico chillón con letras amarillas pálidas. Entró a la casa de dos plantas, blanca por fuera y por dentro. Tenía dos entradas, la de la casa, a través de la sala y la de la clínica, a través de la sala de espera. Luis tenía treinta y dos años y una cabellera que notaba muchos más. Desde joven tuvo entradas que poco a poco fueron creciendo hasta dejar la parte superior de su cabeza casi sin cabello alguno. Es por ello que usaba el cabello bastante corto. Era eso o intentar cubrir el hueco con el cabello de los lados de su cabeza.

Era un hombre solitario que siempre se dedicó por completo a su carrera, tanto en la universidad como en lo laboral. Era exitoso gracias al esfuerzo y a la perseverancia. Todo lo que tenía se lo había ganado con el sudor de su frente. Era un poco corto de estatura y un poco relleno. Tenía una mirada penetrante que, a la vez y muy en el fondo, mostraba un enorme mundo de pensamientos e ideas que quizá se quedaban ahí adentro siempre. Siempre parecía estar pensando en algo, aun cuando hablaba o hacía alguna otra cosa. Su mente no descansaba. La vida es tan compleja y gigantesca como para evitar pensar, maravillarse y filosofar sobre ella. Todo lo bueno en ella, y lo malo (si acaso) también. Todo lo justo y lo dudoso.

Los pensamientos que sí lograban salir de la incansable mente de Luis no salían a través de su boca, salían a través de un lapicero y directo al papel. Con la tecnología de hoy en día, los pensamientos salían de sus dedos directo a la computadora y a través del teclado. Tenía cientos y cientos de documentos y aún así no era ni la mitad de todo lo que se proyectaba en la cabeza de Luis. Quizás, y él mismo lo consideraba en ocasiones, era un genio. Pero, ¿qué hace realmente un genio a un genio?

Luis puso sus llaves y billetera donde las solía poner: una mesa de madera a un lado del sofá de su sala. Se sentó en ese mismo sofá y se echó para atrás, viendo el cielo falso. Aún sentía la emoción, la alegría, el asombro y en especial, su mano que ya no estaba entumecida.

  • “¿Laura?”
  • “¡Mucho gusto!”
  • “Por favor, siéntese” – dijo Luis mientras con su mano izquierda señalaba la silla frente a él.
  • “No lo tome a mal…. Pero se ve mayor de lo que me lo imaginé” – Dijo Laura con confianza y luego sonrió. Luis hizo un gesto de resentimiento, siguiendo la broma.
  • “Entonces, usted también se ve mayor de lo que imaginé”

Ambos rieron y luego se sentaron. No había mucho que decir sobre sus habilidades como tal, ya habían conversado lo suficiente por correo electrónico y mensajería instantánea. Incluso hablaron un par de veces por teléfono. Durante la reunión de hoy, sólo conversaron de cómo y cuándo descubrieron sus habilidades cada uno. Y luego se la demostraron al otro.

“Deme su mano” – Le dijo Laura a Luis, quien con gran emoción y a la vez nerviosismo se la dio. “Lo haré muy pero muy suave” – Dijo Laura con una sonrisa y la mirada en los ojos de Luis que estaban concentrados en su mano, esperando. “¡Relájese! A mí me pone más nerviosa”. Luis se relajó un poco, al menos bajaron un poco sus hombros, no estaban tan tensos. Le devolvió la sonrisa a Laura, la miró y retornó su mirada a su mano.

La sonrisa de Luis se borró en menos de un segundo, aunque a él pareció haberlo hecho en cámara lenta y en mucho más tiempo. Miraba a Laura a los ojos, luego su mano, luego nuevamente a Laura.

  • “¡Auu!” – Exclamó Luis y soltó violentamente la mano de Laura. Acababa de ser electrocutado. No sabía qué era más impactante: la sensación en su mano o lo asombroso de la persona frente a él.
  • “Discúlpeme” – Dijo Laura con una sonrisa de pena.
  • “No… no se preocupe. Yo me lo busqué – ja ja – Es… increíble… ¿Es electricidad en serio?”
  • “Creería que sí. Se siente igual y he hecho pruebas… experimentos. Puedo encender focos sólo con tocarlos e incluso recargar baterías muertas”
  • “Asombroso” – después de un silencio para nada incómodo siguió – “Ahora me toca a mí, deme su mano”. Laura extendió su mano. Ahora era ella quien estaba más nerviosa. “Permítame, mejor le doy mi otra mano porque esta casi no la siento” – Dijo Luis con una sonrisa preocupada y luego estrechó la mano de Laura. Laura miró fijamente su mano, las manos de ambos. Espero unos segundos.
  • “No pasó nada” – dijo Laura con una cara de sospecha.
    (Un engaño más)
  • “Mire a su alrededor” – Respondió Luis, con una sonrisa maliciosa.

No había nadie alrededor. Nadie. Ni las demás personas en las mesas, ni los encargados de los comerciales de comida, ni los taxistas. No pasaba ningún vehículo por la calle. Giró su cabeza hacia el banco que estaba un lado de ella, adentro del centro comercial: desértico. Frente al banco una  sucursal de una compañía telefónica… nadie. En vez de asustarse, Laura se sorprendió. Se levantó de la silla, caminó hacia la calle. No había ni un solo vehículo en el tan transitado-durante-días-de-semana Paseo General Escalón, tampoco peatones. Caminó de regreso, en dirección a las mesas, las pasó, abrió la puerta de vidrio del centro comercial y entró. Todo el centro comercial estaba vacío.

  •  “¿Qué pasó?” – preguntó con su mirada por todas y cada una de las tiendas en el centro comercial – “¿Es un sueño?”
  • “Algo así…” – respondió Luis, quien se acercaba a Laura – “Es una ilusión. Estamos dentro de su cabeza y yo creé este mundo en el que estamos. Venga…”. Luis tomó la muñeca de Laura y comenzaron a flotar. Luego el lugar se disolvió y aparecieron en una playa, un lugar nunca visto por nadie más que Luis. Era una playa de arena blanca.

(Se siente tan suave y tan… real)

La suave brisa acariciaba el rostro de Laura quien ahora se acercaba a la orilla del mar, un mar azul, un azul tan vivo que no había podido ver más que en los zafiros más brillantes. El agua estaba tibia. Era de día, quizá como las diez de la mañana. En el cielo había varias capas de nubes que apenas dejaban descubierto un cielo celeste que se degradaba sobre un morado estrellado. “Este es cien por ciento mío” – comentó Luis, orgulloso.

  • “Así conquista a cualquiera” – respondió Laura y luego dio una carcajada.
  • “Que chivo fuera….”. Luis correspondió la carcajada. “Regresemos ya”.

Laura sintió un pequeño mareo y estaban ya de vuelta en Galerías Escalón, el real. La joven pareja de la mesa de la par los estaba viendo fijamente, con preocupación.

“El tiempo que estuvimos allí…” – dijo Luis, mirando la frente de Laura – “… es el tiempo que estuvimos aquí, sostenidos de la mano y quizás con la mirada perdida. Por eso es que cuando la aplico a mis pacientes, realizamos la terapia en mi clínica y recostados en un sofá”.

Laura aún maravillada sólo pudo asentar la cabeza. La plática continúo por unos diez minutos más. Luego se despidieron y cada uno se fue por su camino.

Ahora Luis estaba recostado en su sofá y viendo el cielo falso. Todo había salido bien hoy. Todo le salió bien.

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